sábado, 14 de noviembre de 2015

Un paseo por el bosque perdido...Alcalá la Real


Muy de tarde en tarde, me gusta perderme.

Así es. Aunque la sensación de estar perdido en un lugar que desconozco es algo que me agobia y atemoriza desde pequeño, cada cierto tiempo me gusta salir sin mapas, sin orientación ninguna, en busca de las sorpresas que me quiera deparar un determinado camino o en la búsqueda de un determinado lugar u objeto, que no sé realmente donde se encuentra aunque si acaso, conozco vagamente su ubicación. 

La gran mayoría de las ocasiones en las que hago esto, siempre me han deparado buenos resultados. Un mirador natural, una trinchera de la guerra civil desconocida por muchos, un fósil, el encuentro con algún animal salvaje suelen ser casi siempre las recompensas de salir a ciegas al campo.


Y puesto que mis quehaceres diarios me tienen últimamente bastante ocupado, hasta el punto que ya ni puedo viajar ni escribir tanto como a mí me gustase, andaba últimamente con el mono de perderme, como tantas veces hacía antes.

Y ni corto ni perezoso, hace poco tiempo reuní las fuerzas para dirigirme una vez más a Alcalá la Real, pueblo querido y admirado por mí, para en vez de perderme por las callejuelas de esta bella población o por los pasajes históricos de su castillo, pasear por sus campos olivareros.

No lo hacía con un rumbo predeterminado. No lo hacía con un objetivo claro. Pero quería hacerlo, puesto que era algo que hacía muchos años que estaba postergando.

Unos años atrás, caía en mis manos un libro titulado Dibujos y Relatos desde la Sierra Sur que fue el principal causante de mi interés por una parte de Alcalá la Real, que no sabía si existía o era fruto de la imaginación del autor del citado libro.

El libro hablaba de un bosque de zumaques muy frecuentado en otoño, al tornar las hojas de esta planta en esta estación, al rojo intenso y ser un lugar impresionante para la fotografía. Describía unos Tajos o precipicios y un Ermitaño que los habitaba y se dedicaba a realizar esculturas con la roca de estos mismos tajos. Añadía ilustraciones de las supuestas esculturas, de las que en ningún momento aclaraba si realmente existían y mucho menos su ubicación.

Con esta escasa información, me dirigí hacia la Ciudad de la Mota.

Con pocas esperanzas de poder encontrar algo de lo que se describía en el libro, ya que ni tan siquiera el todopoderoso internet supo darme algún dato de más, encaminé mis pasos hacia el pintoresco barrio de las Cruces.


Un barrio que en demasiadas ocasiones queda apartado de la "ruta turística" de Alcalá, pero que regala multitud de miradores, de parquecillos y de rincones históricos a todo aquel que lo visita. Prácticamente escalando el cerro donde se asienta este barrio, llegué hasta la cima del mismo disfrutando de las portentosas vistas de toda Alcalá la Real y sobre todo de su poderosa Fortaleza de la Mota.


Sobre este cerro, se encuentra hoy día el Parque Periurbano de Los Llanos en lo que antaño era y en parte sigue siendo un páramo, que ofrece eso sí, unas impresionantes vistas no solo de la ciudad, sino de toda esta zona fronteriza tan importante en el pasado.

Siguiendo los senderos habilitados voy dirigiendo mis pasos hacia la Ermita de San Marcos, otro de los grandes miradores de la ciudad.

En mi camino voy cruzándome con Alcalaínos que rompen el silencio de mi paseo, al estar vareando los almendros que pululan en los cuidados huertos y que acompañan las casas encaladas de blanco de esta zona histórica.

Prosigo el paseo, sin darme cuenta de que acabo de errar mis pasos y que estoy abandonando el casco urbano y me estoy adentrando de nuevo en el secarral de la zona de Los Llanos.


Tentado a dar media vuelta, puesto que el paisaje que me rodea es bastante triste y monótono, decido finalmente continuar...esperando que el instinto que guía hoy mis pasos, me lleve hacia paisajes más amables.


Al final, me doy de bruces con un tenebroso abismo. Mi camino termina abruptamente ante un auténtico acantilado donde gigantescos bloques de roca se encuentran derrumbados a mis pies, formando un paisaje caótico.



Pareciera que mi aventura hoy será corta. Aprovecho casi a modo de despedida, para disfrutar de las vistas que ofrece esta pared de roca, ya que ante mis ojos aparece un bosque exuberante que cubre una enorme extensión de terreno.


Examinando este laberinto de paredes verticales y de rocas desgajadas, descubro un sendero que se dirige hacia las oquedades dejadas por los grandes bloques de roca, cuando se soltaron de su ubicación original.


Un bosque de cipreses crece en estas umbrías donde reina un silencio sepulcral que me preocupa y atemoriza, hasta el punto que decido dar por finalizado mi paseo, impulsado por un resorte invisible...quizás sea el instinto de nuevo...



Pero al desandar mi camino y pasar junto al abismo del precipicio, descubro un pequeño sendero que se adentra en las profundidades del bosque de zumaques. Convencido de que la distancia del mismo será corta, decido adentrarme en él.

Al momento me encuentro con los restos de una antigua vivienda, que fue construida al abrigo de estas paredes de roca y que hoy apenas si es visible al estar siendo consumida por la vegetación.



A lo lejos, se vislumbra una de las muchas aldeas que tiene Alcalá la Real,  la aldea de Charilla.

Vistas de Charilla
El sendero, parece una antigua senda utilizada por los pobladores de esta zona que han acumulado grandes cantidades de rocas a los lados de este camino para intentar mantener a raya tanta vegetación.


Allí donde estos muros faltan, el bosque se vuelve espeso, lúgubre, que pareciera querer cerrarse y envolver al incauto senderista que se atreviera a adentrarse en él. Es un lugar agobiante, que sin duda pondrá en algún aprieto a aquellos que sufran de claustrofobia. Y eso que estamos en pleno campo.



Afortunadamente el camino se acerca de tanto en cuanto a las paredes de roca y alivia un poco la sensación de agobio que por aquí se respira...o quizás sea al contrario y las altas paredes, aumenten la sensación de estar encerrado en plena naturaleza.



Al final, el bosque comienza a aclararse. Pero la sensación de agobio no termina, puesto que al mirar a las poderosas paredes de roca que nos siguen acompañando y vigilando, descubro unas extrañas formaciones...que cualquiera creería que son nidos de avispas gigantes.


Apretando el paso, planteándome por un lado si he hecho bien en adentrarme en este lugar que desconozco por completo y al tiempo, sabiendo que estoy muy lejos de la llamada civilización, me dirijo hacia el que parece, es el fin del bosque. 

Los zumaques dan paso a las encinas, un árbol mucho más conocido para mí, serenando un poco mi paso y puesto que las encinas necesitan mayor espacio para vivir, el bosque ahora parece querer convertirse en una dehesa.


Pero en mi cabeza persiste una idea. Pareciera que todo rastro del ser humano en este lugar, hubiera sido borrado o tragado por la naturaleza. Solo llego a ver restos  de antiguas construcciones, que a duras penas se mantienen en pie.


Al pasar junto a un Árbol del Amor, decido que quizás tratando de escalar las paredes que desde hace tanto rato me acompañan en mi caminar, podré atrochar en mi camino de regreso a la civilización.


Pero soy consciente de mis limitaciones para tamaña empresa. Nunca fui yo buen escalador...y sufro desde hace muchos años vértigo. Un vértigo al que siempre estoy tratando de plantar cara sin resultados por el momento.


Al final, como esperaba, descubro que no seré capaz de escalar la gran altura de los poderosos tajos y eso que incluso, he llegado a aventurarme por una de las repisas que abundan por todas estas rocas, llegando a temer por mi propia seguridad.

Pero desde este peligroso emplazamiento, vislumbro por fin los olivos. Los olivares queridos y tan habituales para un marteño como yo, que en muchas ocasiones se convierten casi en nuestra segunda casa.

Hacia ellos me dirijo prácticamente a la carrera hasta dar con mis huesos en el suelo de un traspiés.

Pero lo peor es que mi alocada carrera por el campo me ha llevado a tropezarme con lo que creo que es una figura humana acostada bajo un olivo.

Mientras que me recompongo de la caída y me levanto pidiendo disculpas descubro que efectivamente es una figura humana...de piedra....Corrijo, son dos...o tal vez una familia entera atrapada en una roca.


En ese momento, sin llegar a comprender muy bien aún donde estoy, me encuentro con un olivar mezclado con zumaques poblado de extraños seres de roca, cual duendes guardianes de este campo. Las esculturas que en un principio iba buscando sin ninguna fe de ser halladas se encuentran ante mí. El destino, olfato, instinto o lo que sea, de nuevo ha vuelto a guiar mis pasos.



Frente a mí, una figura arrodillada y maniatada me mira fijamente, inquisitivo...examinando al extraño que acaba de irrumpir en sus dominios. Y junto a ella, multitud de rocas se encuentran talladas con múltiples formas y maneras.



La propia pared de los tajos se encuentra excavada formando una pequeña cueva, adornada a su vez por nuevos grabados. En su interior apenas si hay espacio para que una persona se refugie, al tiempo que pueda leer algunos versos abandonados en esta estancia.



A la salida de la cueva, de nuevo una familia surge de la roca. Ella sujeta en sus manos a un niño pequeño, mientras que él, sujeta una poderosa vara. Quizás se trate del espíritu de alguna de las muchas generaciones que han recogido la aceituna en estos viejos olivos.



Una decena de metros más arriba, en una formidable repisa natural me encuentro con una cabra y su cria vigilando el horizonte desde las alturas. En este mismo espacio, con vistas a Alcalá, aparecen varios seres más que llenan el mirador de magia.




Un olivar cuanto menos curioso, puesto que los olivos se encuentran esparcidos entre un caos de roca y los árboles crecen entre pequeños huecos conectados unos con otros, como si el olivo fuera un animal encerrado en su cuadra y cada olivo esperase en la suya propia, a modo de submundo propio. Olivos eso sí, cuidados con esmero, donde no crece ni una mala hierba ni tampoco se acumulan las hojas que paulatinamente van perdiendo estos árboles.



Finalmente me topo con una roca transformada en silla, que me ofrece un lugar para descansar de las emociones del camino, al tiempo que me permite disfrutar de la visión de este bosque, tan especial y único.


La piedra-banco, se encuentra además muy cerca de lo que parece fue una antigua vivienda o quizás cueva, no sabría muy bien denominarlo. Una enorme roca hueca, transformada en pequeño hogar, al construirse a los lados pequeños muretes. Y es que se ve que el aprovechamiento de los espacios que ofrece la naturaleza viene de muy lejos.


Y a la salida de esta rudimentaria casa, me observa una familia que (pido disculpas) no pude fotografiar como es debido, puesto que los rayos del sol comenzaban a estar muy bajos, y la luz se fundía con las sombras que iban proyectando olivos y zumaques. 



Dispuesto ya a partir y poner fin a mi caminar, me fijo por enésima vez en la imponente figura de los tajos y en ellos descubro un impresionante mirador, construido en una de las muchas grietas que surcan estos cerros.


Un mirador excavado en la roca, que proporciona una generosa visión de muchos kilómetros a la redonda y que me ayuda a vislumbrar de nuevo, la poderosa imagen del Castillo de la Mota.


En este punto y con el sol cada vez más bajo, decido poner punto y final a mi aventura. Sin aún explicarme cómo sin quererlo y sin saberlo he logrado toparme con esta maravilla, que hace que olvide por completo, todos los temores que por el camino me han acompañado.


Eso sí, en el camino de vuelta a la cercana Alcalá la Real me esperan aún algunos colosos que siguen guardando el camino.

2 comentarios:

  1. Interesante recorrido y feliz descubrimiento, al menos para mi. No tenía ni idea de ese bosque perdido.

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  2. genial descripción de la ruta, felicidades tambien a Vicente Moreno. Espero mañana que ire por alli poder ver disfrutar de esta maravilla. SAludos

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